how I finally lost my heart

Hannah Fitz, L21



“Sería fácil decir que tomé un cuchillo, me abrí el costado, saqué mi corazón y lo tiré; pero desafortunadamente no fue tan sencillo. No es que yo, como todo el mundo, no haya querido hacerlo a menudo. No, sucedió de manera diferente, y no como yo esperaba.” 1


Si por un momento sostuviéramos nuestro corazón con horror entre los dedos como lo hace el personaje de este corto relato de Doris Lessing, ¿seríamos capaces de imaginar qué quedaría dentro, en ese espacio vaciado de la cavidad torácica? Hacer hueco al vacío nos empuja siempre hacia una pregunta incómoda: aquí está, ¿qué hacer con él? Y ello precisamente porque el vacío es como la puerta que se abre de golpe a incontables posibilidades… la protagonista de Lessing, que por cierto carece de nombre, parece estar más obsesionada con el espacio positivo, el órgano fuera de sitio y los problemas inmediatos que de él derivan:


“Miré atentamente este objeto, casi me hizo morir de vergüenza, y me acerqué al cubo de basura con la intención de dejar que se me escapara de los dedos. Pero no lo hizo. Estaba pegado. Ahí estaba mi corazón, un objeto repulsivo, grande y rojo que sangraba, pegado a mis dedos. ¿Qué iba a hacer?” 2


Pero de hecho el dilema es doble. Por un lado, el corazón pegado a la mano deja necesariamente un espacio negativo en el pecho, una caja torácica semivacía que pierde consistencia y amenaza con derrumbarse como un edificio. Por otro lado, no solo el espacio negativo es creado, sino que además el corazón permanece entre los dedos creando un cuerpo extraño, estructuralmente imposible, incluso grotesco. ¿Cómo puede estar vivo?


Es posible hacerse exactamente la misma pregunta acerca de las esculturas más recientes de Hannah Fitz, ¿cómo pueden estar tan vivas si solo tienen sus extremidades y un inmenso vacío? ¿Cómo pueden respirar de la manera en que lo hacen y ocupar el espacio tan decididamente solo con su desnudez estructural? Incluso sin un órgano vital pegado a los dedos, la mano de escayola en su escultura “She lifted her face to the warm sun” parece buscar el contacto físico, estirando los dedos a ciegas. Otras extremidades se buscan y aproximan entre ellas, como si se reafirmaran en su existencia gracias a esa proximidad.


También la boca tiene una presencia importante en estas nuevas piezas: es un abismo del que emana el significado. Y es que los trabajos de Fitz parecen moverse en esa doble realidad del cuerpo: la carne y las palabras, lo material y lo simbólico. Quizá por ello, del mismo modo en que es necesario vestir las ideas de lenguaje para que sobrevivan a la intemperie en el espacio de lo intersubjetivo, la artista ha cubierto con ropa el pecho de sus imposibles figuras humanas… a través de la tela es difícil, muy difícil decidir si están vivas o no, si hay un corazón que late detrás o si este ya está lejos, en alguna otra parte, en algún otro cuerpo.


1 Lessing, Doris. How I Finally Lost My Heart. “A Man and Two Women” New York: Popular Library Edition 1963. P. 83.

2 Ibid. P. 88.
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Palma 2020

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Fotografías:Natasha Lebedeva, cortesía de L21.